Dicen que el pecado original fue el sexo. Yo digo que el pecado original fue la envidia. Ella fue la que hizo que Adán y Eva perdieran el Paraíso. Paraíso es lugar de delicias: ahí había todo para que cualquier ser humano fuera feliz. Ahí también estaba la serpiente, especialista en la envidia. Se rió de la felicidad de ellos. "- Ustedes piensan que son felices... Es que aún no han visto el mundo de los dioses, es mucho más bonito. ¿Lo quieren ver? Es fácil. Sólo coman este fruto mágico..." Y la malvada les dio a comer el fruto de la envidia. No les mintió. Ellos vieron realmente un mundo mucho más bonito - y en ese momento los frutos de los árboles del Paraíso se pudrieron, las hojas de los árboles cayeron, las plantas se marchitaron, las fuentes se secaron, y ellos se sentían feos: comenzaron a esconderse uno del otro. Eso no ocurrió nunca. Eso sucede todos los días.
Mi casa es linda; yo la amo. Pero basta que yo visite a otra más rica, y la envidia aparece. Regreso y veo mi casa fea, pequeña, maltratada: ya no es posible amarla. Quiero otra. Eso está relatado en una antigua historia, "El pescador y su mujer" - cuya lectura aconsejo. La escuché una vez, y nunca se me olvidó.
La envidia no mata, sólo destruye la felicidad. El envidioso es incapaz de ver con alegría las cosas buenas que posee. Sus ojos son malos. Basta que una cosa buena que se tiene, sea tocada por ellos, para que se pudra.
Para esa enfermedad sólo hay dos remedios: uno dulce y uno amargo.
El remedio dulce: usar el colirio de la gratitud para curar el mal de ojo. Ver las cosas buenas que se tienen y decir: "Qué bueno que están aquí. Estoy agradecido, agradecida a los dioses, porque ustedes me fueron dados." Entonces la casa, el marido, la mujer, los hijos, y todo lo demás que se tiene, vuelven de nuevo a su vida y a su belleza.
Los que no hacen uso del remedio dulce, tarde o temprano se les aplicará el remedio amargo: cuando la desgracia toca a la puerta y se quiebra la taza de cristal, y se rompe el cuchillo de plata; lo que era recto queda torcido y lo que estaba vivo de repente muere. Cuando el dolor es mucho, las lágrimas no dejan que los ojos vean lo que tienen los demás. Y la envidia, de esta manera, muere. Pero entonces ya es demasiado tarde.
Rubem Alves
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